Río revuelto (Barrio Veracruz, Bogotá)

Mientras escribo, un helicóptero sobrevuela este barrio pacífico, y común y corriente, que lo único que hizo anoche fue cantar al ritmo de las cacerolas: “Despierte, Duque, despierte, mire que ya amaneció…”. Y es claro que hoy en día no hay un eufemismo mejor que “las autoridades”. Pues han sido “las autoridades” las que se han negado a reconocer que las protestas sociales de estos días –que empezaron el jueves pasado con el gigantesco paro nacional– han seguido siendo manifestaciones alegres y valientes y justas a pesar de los saboteos de los encapuchados a sueldo, los saqueadores por oficio, los agentes bestiales de la policía antimotines y los caudillos megalómanos e imperdonables que han querido pescar en río revuelto el predominio que perdieron en las pasadas elecciones.

Si hubiera que resumir en una frase las elecciones regionales del domingo 27 de octubre, como puede resumirse una buena historia, diría que fueron una esperanzadora derrota de los viejos fundamentalismos colombianos: “Yo o catástrofe”. Si uno se fija con cuidado en los hechos de esta semana, ve que fueron los políticos vencidos en las urnas, amos y señores de cultos de una sola mente, quienes trataron de apropiarse tanto de la indignación de los manifestantes como del pánico de los atrincherados en sus casas. Creo que les salió al revés. Creo, sobre todo, que los escalofriantes aliados del Gobierno se lo apostaron todo a convertir al paro en el enemigo que habían estado buscando. Pero que les salió mal porque la ciudadanía puso en evidencia sus mentiras –con teléfonos y corajes– una y otra vez.

Ya no sirven los clichés de “las autoridades” como “crearemos una comisión” o “investigaremos hasta las últimas consecuencias” porque en las redes están –por ejemplo– el fino tuit con el que un gobernador desmiente las noticias falsas de un expresidente; la burda estrategia para llenar de pánico a la ciudadanía durante el toque de queda del viernes; el asesinato del estudiante Dilan Cruz en el barrio Veracruz de Bogotá; la verificación, de Amnistía Internacional, de las agresiones salvajes a ciertos manifestantes por parte de ciertos miembros del escuadrón antidisturbios, y el video tembloroso en el que un policía cabizbajo se para en un andén con un celular en el que se lee “sin violencia” y “lo sentimos”: “Gracias por protestar por nosotros”, les dice, atrapado en el juego de “las autoridades”, a un par de muchachos de su edad.

“Somos un Gobierno que escucha”, ha dicho el presidente, como si escuchar fuera repetir un condescendiente “ajá”, mientras pasan frente a sus narices los peores vicios de la historia de Colombia –la represión, la intimidación, la estigmatización– para que no quepa duda de que aquí el poder no ha sido poder, sino violencia. Solo queda la fuerza cuando se pierde la autoridad. Solo se recobra el mando, así se tenga una respuesta para todo, cuando se consigue leer –y reconocer– lo que la sociedad está diciendo. Se votó en octubre contra refundadores de la patria, metedores de miedo y soberbios. Y, en una escena nueva para un país en el que la protesta sonó siempre a “toma comunista”, siguen los cacerolazos alegres para que sea obvio que ya no nos rige el miedo, ni la rabia, sino el derecho al país de todos de la Constitución de 1991.

Eso ha pasado en este barrio. Que la gente, que no es de “la izquierda” ni de “el centro” ni de “la derecha”, le está exigiendo a este Gobierno incipiente –y a este Estado rezagado e impasible– lo mínimo: la vida, la voz, el trabajo, la lucha, la paz de cada quien. Y que el cacerolazo que empezó aquel jueves, tac, tac, tac, tac, tac, solo va a acabarse si “las autoridades” asumen un pacto social que les quite las comillas.

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