48 horas para ver al ‘Trinche’ Carlovich: el mejor futbolista del mundo

El Trinche agarraba la pelota en la cancha, gambeteaba por la banda a uno, a dos, a tres y hasta a cuatro rivales. Él, sibilino, se paraba. Y tiraba un caño. Y volvía hacia atrás. Y lanzaba otro. Así parió el caño de ida y vuelta. “El doble caño es, sin duda, el epicentro de su leyenda”, escribe Alejandro Caravario, periodista y autor del libro Trinche, un viaje a la leyenda del genio secreto del fútbol (Ed. Planeta). Del fútbol de este argentino, hijo de un fontanero yugoslavo y el más pequeño de siete hermanos, no hay vídeos. Apenas quedan imágenes con su cinco a la espalda. Ya solo resisten los testimonios.

El Trinche no se acuerda de porqué lo llaman Trinche. Se llama Tomás Felipe Carlovich y nació en Rosario cuna de Messi, Menotti, Bielsa, Di María y hasta del Che Guevara— hace 73 años. ¿Qué quién es? Ya lo dicen en su obra de teatro, en el Teatro del Barrio hasta este domingo: un jugador de fútbol que pudo haber sido mejor que Maradona y no quiso.

“El mejor regalo que me hicieron los Reyes Magos fue una pelota”, contó Carlovich al diario Clarín en marzo de 2019, “¿Sabés lo que era yo con esa maravilla saltarina de goma? No la tocaba más nadie. Ese regalo me alegró la vida”. El balón era una Pulpo. Retoño de una fábrica porteña que, según la revista argentina Enganche, goleó a varias generaciones de niños y cobijó miles de sueños en el fútbol callejero de trapo. El de barrio. La factoría Pulpo producía 5.000 pelotas diarias. “Se arraigó en el imaginario argentino”, dijo su creador Nicolás Cena al magazine. “Vos dominás una Pulpo y podés dominar cualquier tipo de pelota. Es muy difícil trasladarla y pegarle a un lugar determinado. Si lográs eso, sos un crack”. Y eso era El Trinche Carlovich.

La leyenda de su zurda se forjó en las categorías inferiores de Rosario Central. El Trinche, de pelo largo, casi por los hombros, a veces con bigote, a veces sin él. “Y ocasionalmente con una barba que le da aires de revolucionario atrincherado en el monte”, escribió el periodista Alejandro Caravarlo en la revista porteña Capital. No iba a entrenar. No le gustaba madrugar. Le gustaba salir, salir y salir. Eso sí, llegaba el día del partido a la cancha y arrastraba con él a una hormiguero infinito de miles de hinchas. Entre ellos, el entrenador Marcelo Bielsa, que confesó que pasó cuatro años yendo cada domingo al estadio para disfrutar de los ingeniosos movimientos de este muchacho rosarino.

El minucioso documental de Informe Robinson El Trinche fue el más grande provocó una catarata de seguidores en España, donde era un desconocido. Sirvan como ejemplo estos testimonios de quienes lo vieron jugar o compartieron vestuario con él: “Él era portador de una genética rosarina, del fútbol lento, un jugador de barrio potrero”. “El agarraba la pelota y no se la podían sacar”. “Tenía una elegancia, una habilidad, un desplante”. “Hacía unos movimientos en contra de la ley de la gravedad. ¿Cómo carajo hacía así, viste?” “Él tenía predisposición a hacer ese paso doble con el caño”. “A él le faltó la profesionalidad de un fútbol tan competitivo como el de alto nivel”. “Todo el mundo sabía cómo jugaba, pero te colmaba la paciencia”.

Este documental llegó a la casa del dramaturgo argentino Jorge Eines, que no lo conocía, y se lanzó a escribir una obra de teatro sobre el mito. “No lo vi jugar. Estuve hablando con mucha gente para escribir el texto. Hay tanta gente que dice que lo vio jugar que los estadios tenían que tener kilómetros. El que no lo vio, quiso verlo y el que quiso verlo y no pudo, se lo imaginó. Es fantástico”.

Eines dice que la obra toma al mito. “Mi deseo era darle al fútbol un valor por encima del mercado. El fútbol ha perdido buena parte de eso”. Dice que El Trinche es un tipo raro. “Es un tipo que no se sabe muy bien de dónde ha salido”. No es fácil acercarse a él. Tiene una hija a la envían la recaudación de las entradas. A veces el 50% y otras el 100%. “Él vive de lo que puede. No trabaja. Va tirando con gente que lo apoya, con situaciones inestables, con situaciones estables, como la Argentina”.

Una vez fue expulsado, pero tuvo que ser readmitido por el árbitro a petición del público que gritaba: “Trinche. Trinche”. El 17 de abril de 1974, la selección argentina de fútbol acudió a Rosario para jugar un amistoso frente a los mejores jugadores de la ciudad, un partido preparatorio para el Mundial de Alemania que se celebraría unos meses después. Al descanso, los locales ya iban ganando 2-0. Fue tal el baño, que dicen que bajó un técnico de la albiceleste al vestuario para que quitaran al Trinche del campo. “Está desanimando a los muchachos”, dijo. Y no jugó más. Los rosarinos, por si acaso, vencieron 3 a 1. Más tarde, la selección llamó al Trinche. Él no se presentó. Los diarios dicen que estaba pescando.

De todas las anécdotas que cuentan, Eines se queda con la del no-gol. Cuenta la leyenda que en un partido agarró al balón en medio campo, se dirigió al área chica, regateó a un par de defensas y al portero y se quedó con el pie y el balón en la línea de gol. “¿Para qué servía ya meter el gol? Ya era gol. La pisé y me volví para mi campo. ¿Es gol o no es gol? ¿Y qué? Si me obligan, es gol; pero si yo tomo la decisión es gol para mí, aunque no suba al marcador. No acepto las reglas que me digan cuando es gol. Yo soy la regla que decide. Yo soy el gol”. Y El Trinche. 

‘El Trinche, el mejor futbolista del mundo’, en el Teatro del Barrio este sábado y domingo. Entrada: 17 euros.

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