L’Osservatore Romano de esta semana: «Solo la solidaridad podrá acabar con el virus»

El ejemplar de esta semana del L’Osservatore Romano en lengua española trae en la portada una declaración central a modo de invitación universal en estos tiempos de pandemia: “Solo la solidaridad podrá acabar con el virus”. Dicha apelación se encuentra en el documento que la Academia Pontificia para la vida dedica a las consecuencias de la crisis sanitaria mundial y su interpretación. La misma, titulada “Humana Communitas”, y que se publica íntegramente en tres páginas centrales de esta edición, desarrolla el sentido de la solidaridad en estos tiempos de pandemia. Expresa, entre otras consideraciones que: “En última instancia, el significado moral, y no sólo estratégico, de la solidaridad es el verdadero problema en la actual encrucijada a la que ha de hacer frente la familia humana. La solidaridad conlleva la responsabilidad hacia el otro que está en una situación de necesidad, que se basa en el re conocimiento de que, como sujeto humano dotado de dignidad, cada persona es un fin en sí mismo, no un medio. La articulación de la solidaridad como principio de la ética social se basa en la realidad concreta de una presencia personal en la necesidad, que clama por su reconocimiento. Así pues, la respuesta que se nos pide no es solo una reacción basada en nociones sentimentales de simpatía; es la única respuesta adecuada a la dignidad del otro que requiere nuestra atención, una disposición ética basada en la aprehensión racional del valor intrínseco de todo ser humano. Como un deber, la solidaridad no viene gratis, sin costo, y es necesaria la disposición de los países ricos a pagar el precio requerido por el llamado a la supervivencia de los pobres y la sostenibilidad de todo el planeta. Esto es válido tanto de manera sincrónica, con respecto a los distintos sectores de la economía, como diacrónica, es decir, en relación con nuestra responsabilidad por el bienestar de las generaciones futuras y la medición de los recursos disponibles”.

Como siempre, se publica la palabra oficial y completa del Papa Francisco, que en estos tiempos de receso veraniego europeo solo se realizan en forma pública en el Ángelus dominical. En oportunidad del día de los abuelos, el papa Bergoglio expresó que “ en la memoria de santos Joaquín y Ana, los “abuelos” de Jesús, quisiera invitar a los jóvenes a realizar un gesto de ternura hacia los ancianos, sobre todo a los que están más solos, en las casas y en las residencias, los que desde hace muchos meses no ven a sus seres queridos. ¡Queridos jóvenes, cada uno de estos ancianos es vuestro abuelo! ¡No les dejen solos! Usen la fantasía del amor, hagan llamadas, videollamadas, envÍen mensajes, escuchenlos y, donde sea posible respetando las normas sanitarias, vayan a visitarlos. Ellos son sus raíces. Un árbol separado de las raíces no crece, no da flores ni frutos. Por esto es importante la unión y la conexión con sus raíces”. Desde la ventana del estudio privado en el Palacio apostólico vaticano, en ese mismo mensaje, recordó un conocido soneto del poeta argentino Francisco Luis Bernárdez en los versos que dicen “Lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado”.

Como es bien, sabido, y al igual que sucedía cuando era arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio no se toma vacaciones de la manera tradicional. Por el contrario, ocupa ese tiempo para meditación, oración y trabajo en la residencia de Santa Marta. Desde allí, se tomó tiempo para enviar un video mensaje a los operadores pastorales de la Patagonia. El texto completo se incluye en la página undécima de esta edición, y entre otras consideraciones, Francisco les invitó a los participantes virtuales a :“…darme cuenta de que tengo que servir a los demás, darme cuenta de que no soy el único en el mundo, que tengo que mirar qué necesidades pasa el otro, necesidades materiales, espirituales». Sin embargo, lamentablemente, con demasiada frecuencia —observó— «estamos acostumbrados, por egoístas a pasar de lado, o incluso a no ver a los que sufren, o incluso mirar para otro lado». De ahí la exhortación a no olvidar que «Jesús nos pide que seamos nosotros servidores de los demás como el buen samaritano, cuyo nombre no conocemos: un hombre anónimo», subrayó el Pontífice para a continuación sugerir la idea de una buena obra realizada sin demasiada ostentación, por parte de quien se ocupaba del que estaba al borde del camino.