Que Mearsheimer no nos tape el bosque

No todos los días uno de los más influyentes teóricos de las Relaciones Internacionales del mundo contesta una pregunta sobre Argentina. En la edición de PERFIL del domingo pasado, John Mearsheimer, el profesor de la Universidad de Chicago que anticipó en 2001 que Estados Unidos y China competirían por la supremacía internacional, respondió: ¿Qué les aconsejaría a los políticos argentinos para lidiar con la creciente rivalidad y hostilidad entre China y Estados Unidos? Según él, Argentina tendría que evitar involucrarse militarmente con China y, al mismo tiempo, maximizar el intercambio económico con Washington y Beijing. Su respuesta generó un intenso y rico debate en Twitter, del que participaron académicos, diplomáticos y estudiantes.

Ningún político del oficialismo ni de la oposición intervino públicamente en la discusión. ¿Será que no tienen una opinión formada sobre cómo debería posicionarse Argentina en un mundo que enfrenta múltiples amenazas, desde la pandemia hasta el calentamiento global, desde la disputa global y hemisférica entre las dos superpotencias hasta la crisis de las democracias liberales y el multilateralismo? En ese contexto, el Gobierno renegocia la deuda con bonistas y el FMI ¿No están los políticos capacitados para intervenir en esa discusión? ¿O simplemente no les interesa? Ambas alternativas son malas para el desarrollo del país, pero la segunda es más grave aún. Los dirigentes no tienen que saber todo, sino gestionar y diseñar políticas públicas asesorados por especialistas. Si no tienen vocación para oír y aprender, difícilmente podrán abordar los desafíos estratégicos que enfrenta Argentina. 

La academia, en cambio, debatió intensamente sobre el artículo y la obra de Mearsheimer. Esa elevada discusión desnudó la desconexión entre la política y la ciencia. Lo que discutieron los académicos interesa mucho dentro de los claustros y poco fuera de ellos. Urge pensar cómo aplicar ese conocimiento en la esfera pública y privada, cómo pasar de la teoría a la praxis, y de las universidades a los despachos. Los académicos que sientan esa vocación debieran ser oídos por los dirigentes, que a veces ignoran y otras, peor aún, desprecian a los intelectuales.

Finalmente, el Mearsheimergate también puso sobre la mesa otro debate: el de los medios de comunicación. ¿Deben ser una caja de resonancia de los virales que pululan en las redes sociales? ¿O, en vez de estar obsesionados por el click, tendrían que generar debates que, luego, resuenen fuertemente en el ecosistema digital y en el resto de la sociedad? La segunda opción es claramente la más cara, pero también la única sustentable en el largo plazo. No hay almuerzos ni buen periodismo gratis. 

Argentina saldrá más empobrecida de la pandemia. Apremia pensar cómo maximizar oportunidades comerciales y políticas y resistir amenazas y presiones externas, fundamentalmente derivadas de la disputa entre Estados Unidos y China. El desafío está frente a nuestros ojos. Quien quiera oír, que oiga; quien quiera ver, que  vea. Pero que el debate por Mearsheimer no nos tape el bosque.