Cuatro años de Ni Una Menos, el movimiento que rompió el silencio de las argentinas

El epicentro del terremoto feminista que está transformando Argentina se registró el 11 de mayo de 2015 en Twitter. Ese día, la policía localizó el cadáver de Chiara Páez, una adolescente de 14 años embarazada que había sido golpeada hasta la muerte y enterrada en el patio de los abuelos de su novio. En medio de la indignación generalizada de todo el país, la periodista Marcela Ojeda lanzó un desafío: “Actrices, políticas, artistas, empresarias, referentes sociales … mujeres, todas, bah.. ¿no vamos a levantar la voz? NOS ESTAN MATANDO”. Una colega respondió a su tuit con la propuesta de convocar una gran movilización. La aceptación fue inmediata y pocos días después se fijaba una fecha y una consigna que cuatro años después sigue vigente: 3 de junio, Ni Una Menos.

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En esa primera marcha, decenas de miles de mujeres de las más variadas edades, extracto social e ideología tomaron las calles para exigir el fin de los feminicidios. Este lunes, se repite la manifestación por quinta vez consecutiva. Los asesinatos de mujeres por el hecho de ser mujeres no han disminuido en Argentina, pero se han creado registros oficiales y se ha generalizado la condena social.

Según el último Informe de femicidios de la Corte Suprema, en 2018 hubo en Argentina 278 víctimas letales de violencia de género, es decir, una cada 31 horas. 255 de ellas fueron víctimas directas y 23, feminicidios vinculados, es decir, hijos u otros familiares cercanos vinculados a la asesinada. El dato supone un aumento de casi el 2% respecto a un año antes, cuando el número de víctimas registradas fue de 273, entre las que hubo 22 feminicidios vinculados.

Las organizaciones feministas consideran insuficiente el presupuesto y los recursos asignados a la ley de prevención y erradicación de la violencia contra las mujeres. Pasa lo mismo con otras normas aprobadas por el gobierno de Mauricio Macri, como la defensa gratuita de las víctimas: tres años después, apenas hay una abogada por provincia en las once en las que se ha puesto en marcha.

Al margen de la reacción institucional, muy lejana de la que cada 3 de junio se pide en las calles, Ni Una Menos ha desencadenado un gran cambio social que ha sacado a la luz otros tipos de violencia machista que estaban silenciados y a veces naturalizados, como el acoso, los abusos sexuales y la discriminación laboral.

“Las mujeres y las jóvenes se animan a romper los pactos de silencio y a denunciar”, dice a EL PAÍS Mariana Carbajal, una de las fundadoras de Ni Una Menos. La mayoría de denuncias se realizaron a través de escraches en las redes sociales, pero algunas han llegado a los tribunales, como la presentada en Buenos Aires por abuso sexual de menores contra Cristian Aldana, el cantante de El Otro yo, o en Guatemala por el mismo delito contra el actor Juan Darthés.

“Ni Una Menos despertó conciencia de género, acrecentó y alimentó el activismo feminista, que es cada vez más joven, adolescente y que se sumó a la marea verde por el derecho al aborto legal seguro y gratuito”, continúa Carbajal en referencia a las ramificaciones que ha tenido el movimiento en los últimos años.

En 2018, el Congreso argentino trató por primera vez un proyecto de ley que legalizaba el aborto hasta la semana 14 y provocó que miles de mujeres se animasen por primera vez a romper el tabú y contar en público cómo abortaron de forma clandestina. El Senado rechazó la iniciativa legislativa, pero hace solo una semana miles de personas pidieron la reapertura del debate y este lunes volverán a hacerlo. Según estimaciones extraoficiales, cada día cerca de mil mujeres interrumpen voluntariamente su embarazo.

“Aquella primera marcha de NUM se convirtió en algo imparable y sin dueños, con ramificaciones en todo el país, en todo el mundo, que despertó un cambio social profundo, que logró sacar la discusión sobre la violencia machista de los ámbitos tradicionales, de las trincheras, para ponerla en la charla cotidiana y en la agenda política”, señala la periodista Mercedes Funes, otra de las integrantes de Ni Una Menos.

“Creo que el gran cambio es el reconocimiento del problema, de un problema que antes estaba naturalizado. Ya nadie deja pasar el grito desesperado de una vecina, ya nadie se tranquiliza, como antes, pensando que esa violencia era doméstica. Vemos como tampoco se toleran más los acosos callejeros o en el transporte público. Me parece que lo que cambió en general, a nivel social, es que dejamos de mirar para otro lado. También hay un cambio en nuestra relación con otras mujeres: sabemos que nos tenemos. Eso es lo que prima cuando marchamos todas juntas en la plaza más allá de nuestras diferencias”, concluye Funes.