La muy curiosa movida del gobierno israelí de admitir que posee armamento nuclear

¿Acaba de admitir el primer ministro de Israel, Yair Lapid, que su país tiene armas nucleares? A diferencia de otros países pequeños con arsenal atómico (Corea del Norte, por ejemplo), Israel prefiere históricamente mantener su poderío en silencio, para que sus enemigos, Irán en particular, no solamente le teman sino que, además, teman en medio de la incertidumbre. 

Por eso llamó la atención que, el primer día de agosto, durante la ceremonia por el cambio de guardia en la jefatura de la Comisión de Energía Atómica de Israel (el brigadier retirado Moshe Edri sucede a su colega del mismo rango Zeev Snir), Lapid hiciera una indirecta, pero clara alusión a las capacidades del gobierno de Jerusalén. 

“El escenario operativo en la cúpula invisible sobre nosotros –dijo el primer ministro– se basa en capacidades defensivas y capacidades ofensivas, y lo que los medios extranjeros tienden a llamar ‘otras capacidades’”. 

“Esas ‘otras capacidades’ nos mantienen vivos y nos mantendrán vivos mientras nosotros y nuestros hijos estemos aquí”, en Israel, completó Lapid. 

Su predecesor, Naftali Bennett, también participó del evento y fue un poco más claro sobre la situación y sobre el destinatario del mensaje. 

“Hace un año tomamos una serie de decisiones cuyo objetivo era mejorar nuestra preparación para enfrentar el problema nuclear iraní”, señaló Bennett hablando de cuando todavía era primer ministro. En aquel momento, continuó, “asignamos grandes recursos para cerrar las brechas que nos estaban quitando el sueño”.

No es una exageración decir que, efectivamente, el programa atómico de Teherán no deja dormir a los principales encargados de la seguridad israelí.

Rareza. Lo que si resultó novedoso fueron las declaraciones de Lapid y de Bennett, que dejaron poco a la imaginación. Como resumió la cadena CNN, el “raro” mensaje del primer ministro aludió al “ampliamente sospechado” arsenal nuclear israelí. 

¿Por qué solamente “sospechado”? Porque es la política oficial de Jerusalén “ni confirmar ni desmentir” las noticias o comentarios sobre sus bombas atómicas, de la misma manera que lo hace, por ejemplo, sobre los asesinatos selectivos que llevan la firma anónima del Mossado o las incursiones de los aviones de la Fuerza Aérea de Israel sobre blancos iraníes o de Hezbollah en Siria. 

Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (conocido como SIPRI, por su sigla en inglés), Israel posee ochenta bombas nucleares, de las cuales aproximadamente treinta son “de gravedad”, es decir, para ser lanzadas desde un avión.

Las cincuenta armas restantes son cabezas para ser lanzadas por misiles balísticos de mediano alcance Jericho II que, “se cree, tienen su base con sus lanzadores móviles en cuevas en una base militar al este de Jerusalén”, afirma el SIPRI. 

Un informe más actualizado, publicado en enero de este año por expertos del Nuclear Information Project y la Federation of American Scientists, dice que las armas nucleares en manos del sistema de defensa israelí llegan a noventa. 

El reporte, preparado por Hans Kristensen y Matt Korda, arriesga además, en base a imágenes satelitales, que esas “cuevas atómicas” de las que habla la investigación del SIPRI son veintitrés y se encuentran a 27 kilómetros de la capital israelí, en las montañas de Judea. Allí se encontrarían al menos cincuenta misiles Jericho. 

Cifras conservadoras. De todas maneras, tanto los números del SIPRI como los del trabajo de Kristensen y Korda parecen muy conservadores, en especial si se tiene en cuenta un correo electrónico enviado en el 2015 por el ex secretario de Estado norteamericano Colin Powell. 

En el email, obtenido por el grupo hacker ruso Fancy Bear y difundido a través del website DCLeaks, Powell comentaba con un amigo el discurso que el entonces primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, había apenas dirigido al Congreso de Estados Unidos para alertar sobre los peligros del programa nuclear iraní. 

Powell expresó sus dudas sobre las verdaderas intenciones de Irán de usar una bomba nuclear contra su enemigo, porque “los muchachos de Teherán saben que Israel tiene 200, todas dirigidas contra Teherán, y nosotros tenemos miles”, apuntó el general norteamericano.

Además, aunque se discuta el número, tampoco escapa a los ayatollahs que el sistema nuclear israelí -que comenzó “modestamente” con científicos judíos europeos buscando uranio en el desierto del Negev en 1949 por órdenes del prócer David Ben-Gurión- cumple con varios de los requisitos estándar de eficacia y disuasión. 

Es que, junto a los Jericho almacenados en las fantasmagóricas cuevas de Judea, los israelíes se ocuparon de desarrollar la famosa capacidad de “second strike” o “segundo ataque”, con misiles nucleares a bordo de los submarinos de la clase Dolphin que aseguran capacidad de represalia incluso si son atacadas las bases en tierra. 

O sea que, los dirigentes del régimen clerical iraní podrían intentar cumplir su sueño de “borrar a Israel del mapa”, pero los misiles nucleares en los submarinos se encargarían, a su vez, de que quede poca gente en Teherán para festejarlo. 

El gobierno Israel mandó a construir los Dolphin en astilleros de Alemania, un país que, a causa de la culpa acumulada por el Holocausto, es un aliado de hierro de Jerusalén, en especial en temas militares.  

Cuenta la leyenda que los ingenieros alemanes se sorprendieron cuando sus colegas isralíes les pidieron tubos más anchos para el lanzamiento de misiles desde los submarinos. Obviamente, la razón era (y es) que esos tubos presuntamente sirven para disparar otro tipo de proyectiles, capaces de transportar cabezas nucleares. 

“Los necesitamos más anchos para que puedan usarlos los buzos” para salir a las aguas, aseguraron los israelíes. Los alemanes hicieron como que les creyeron, y los submarinos súper silenciosos cuentan -se supone, porque estas cosas no se confirman ni desmienten- con tubos más anchos para “buzos”.

Un láser israelí de 2 dólares por disparo que derriba misiles

“Parece que pusieron un Rayo de Hierro en Kisufim”, un kibutz en la frontera con Gaza, le dice a PERFIL un argentino que vive en el borde con el territorio palestino desde hace décadas y comentaba la nueva lluvia de cohetes que caía el viernes sobre su zona. Si es así, sería toda una novedad: el sistema láser israelí, desarrollado para interceptar proyectiles lanzados contra el territorio del país, es capaz de derribar cohetes enemigos por apenas 2 dólares por disparo, según anunció en junio último el todavía primer ministro, Naftali Bennett

Visitando una base en el norte del país para observar de cerca el funcionamiento del Rayo de Hierro, Bennet afirmó que el dispositivo “cambia las reglas del juego” en el terreno de la defensa aérea.

“Hasta ahora nos costaba mucho dinero interceptar cada cohete”, indicó Bennett, en referencia a los proyectiles que utilizan las baterías Cúpula de Hierro, que cuestan un promedio de 50.000 dólares cada uno.

“Esto cambia las reglas del juego, no solo porque estamos atacando al enemigo, sino también porque lo estaremos llevando a la bancarrota”, añadió Bennett en junio. Pocas semanas después, podría haber llegado la chance de sacar cuentas con el Rayo de Hierro.

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